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lunes, febrero 08, 2010

Alto Jornal, de Claudio Rodríguez

Estoy leyendo la poesía completa de Claudio Rodríguez, (Tusquets, Barcelona 2009). El don de la ebriedad me recuerda que todo es un regalo del cielo y me asombra la magnanimidad del poeta que quiere dar su voz al aire para que en el aire sea de todos, e incluso sale de su voz esta queja:

qué sacrilegio este del cuerpo, este
de no poder ser hostia para darse.


El estilo es serio, el ritmo solemne, con verso blanco endecasílabo. Hace poco leí en esa curiosa historia de la literatura española de Umbral que a Claudio Rodríguez se lo tragó su estilo. Todavía no puedo opinar, pues ahora estoy leyendo su segundo libro, Conjuros, y ayer por la noche me detuve en este poema. Y me emociono por muchos motivos. Y como hoy es lunes y mira por dónde viniendo al trabajo me acordé del poema y como no tengo clase a primera hora decidí copiarlo, por si hay algún dichoso que ni lo sepa.


Dichoso el que un buen día sale humilde
y se va por la calle, como tantos
días más de su vida, y no lo espera
y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entre los pasos
el amor de la tierra, y sigue, y abre
su taller verdadero, y en sus manos
brilla limpio su oficio, y nos lo entrega
de corazón porque ama, y va al trabajo
temblando como un niño que comulga
mas sin caber en el pellejo, y cuando
se ha dado cuenta al fin de lo sencillo
que ha sido todo, ya el jornal ganado,
vuelve a su casa alegre y siente que alguien
empuña su aldabón, y no es en vano.

miércoles, mayo 28, 2008

Mis poemas III: José Hierro

Pepe Hierro fue el primer poeta que, en mi adolescencia, consiguió conmoverme, producirme esa experiencia estética que logran la buena poesía, el buen arte y el buen vino.
Desde los catorce años me han acompañado los versos de Hierro. En la universidad nos conocimos algo y cuando vine al barrio donde ahora vivo coincidió que era el suyo, como su bar, que también es el mío.
Su poesía, en conjunto, posee una técnica prodigiosa, un ritmo y un tiempo que han hecho que muchos lo consideren el mejor poeta español de la segunda mitad del XX. Pero además de técnica, su poesía tiene "alma". No es un virtuoso del lenguaje, sólo, también es un hombre que tiene mucho que decir, que expresar, y lo consigue.
Desde sus primeros libros hasta el último ha ido evolucionando, tanto en los postulados estéticos como en los de otra índole. Para mí, un libro fundamental es Alegría. Pasea por la poesía existencial de los 40 pero sin poder ser etiquetado ni entre los arraigados ni entre los desarraigados. Escribe poesía social, pero nadie lo propondría como poeta social. Experimenta con la poesía, pero nadie lo considera experimental. Sin etiquetas, sin apellidos, poeta puro. Lástima el último libro, con un poso nihilista difícil de digerir. Quizá la de Alianza es la mejor antología que conozco de sus versos.
Os propongo este poema que se incluye en el libro que he citado más arriba, Alegría. Es un excelente soneto que explica, mejor, desvela, algo del misterioso sentido del dolor

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
( Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía. )

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.

jueves, mayo 10, 2007

Mis poemas II: Pablo Neruda

Uno de los libros de poesía que más me han impactado fue Residencia en la tierra, de Pablo Neruda. La búsqueda por los abismos más osuros del alma humana no me hizo ningún bien, cuando lo leí, por eso es una lectura que nunca recomiendo; tiene su momento, su edad, pero también es necesario acertar con el estado de ánimo preciso que requiere su lectura.
En general, Pablo Neruda me parece un grandísimo poeta a pesar de que no estoy de acuerdo en casi nada de lo que piensa; ni en el plano político, ni ético, ni vital... Pero advierto en él tres características que admiro, aparte de su pericia técnica y su maestría en la versificación:
- La capacidad de constante renovación. Jamás se repite en sus libros, ni por los temas ni por las formas, y esto a lo largo de sesenta años tiene mucho mérito.
- Su sinceridad y honradez, y a sus versos me remito. así, cuando tiene que rectificar rectifica, pide perdón y sigue pa`lante.
- El paso decisivo que dio del YO al NOSOTROS (bien es cierto que por medio del marxismo, aunque también del americanismo). Recordad que su siguiente libro fue esa desmesura del Canto General, pretencioso canto épico, que con todos su mitos y todas sus mentiras es un libro genial, en especial sus "Alturas del Machu Pichu", con esa suerte de experiencia sobrenatural y sobrecogedora, social sencilla y sublime a la vez.
El poema que he elegido es el famosísimo "Walking Around". Es desgarrador, doloroso y mentiroso, muy influido por el surrealismo. Pero resume todo el libro y, la verdad, ¿quién no ha sentido de alguna manera cernirse sobre sí esta terrible sombra que con tanta crueldad describe? A lo mejor nadie, y los raros somos él y yo. Aquí está el poema:

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

lunes, marzo 26, 2007

Mis poemas I: Juan Ramón Jiménez

Hace poco más de tres años, la editorial Visor, con motivo de su publicación número 500 en su colección de poesía, convocó a los “130 mejores lectores de poesía”. Cada uno debía escoger el mejor poema escrito del siglo XX en español y explicar en un breve ensayo los motivos de su elección. El libro es magnífico, hay de todo, tanto en los poemas como en los comentarios que preceden a éstos (desde ensayitos más subjetivos y personales hasta otros más académicos, pasando por alguno humorístico, alguno genial por su originalidad y alguno gris por lo típico y por los tópicos de siempre con los que justifica su elección, su interpretación del poema, etc.). Es un libro que recomiendo a todos, la única pega que le encuentro es que se les pasó avisarme, así que yo, no contento con elegir un poema y explicar porqué me gusta por encima de otros muchos, lo voy a hacer con diez. El primero de ellos es el que hubiera puesto en esa magnífica antología. Es un poema de Juan Ramón Jiménez.

Lo leí por primera vez en los albores de la adolescencia, con catorce o quince años. Dicen, y estoy de acuerdo, que la poesía es, por encima de todo, una forma, un método de conocimiento. Allá por mis quince abriles este poema me conmovió tanto que se quedó grabado en mi memoria. A mis 28 noviembres el poema me dice algo totalmente distinto de lo que me decía hace ya casi quince años, pero sus gerundios me han acompañado durante estos tres lustros.

El uso del gerundio no es casual, el gerundio indica continuidad, ni pasado, ni futuro; presente, pero un presente que se proyecta en el futuro sin olvidar el pasado. Más allá, se podría decir que el poema pertenece a ese tiempo que es la eternidad anhelada, la eternidad que aquí vislumbramos con la esperanza puesta traspasada la cerca de la temporalidad aparente en que estamos inmersos.

El poema dice tantas cosas que sólo voy a comentar tres; la presencia del Carpe Diem; (Andando, andando. / Que quiero oír cada grano / de la arena que voy pisando). Qué invitación más sugerente a vivir el instante con ese amor y esa intensidad que merece; la apología de la vida serena frente a la deshumanización que las prisas quieren instaurar en nuestras vidas (Dejad atrás los caballos, / que yo quiero llegar tardando / - andando, andando-, / dar mi alma a cada grano / de la tierra que voy pisando); y los dos últimos versos, en los que lejos de poder ser interpretados como una rendición a la tristeza y al pesimismo son un “canto” realista y alegre, el dolor no implica infelicidad, más bien al contrario; el dolor es inseparable del amor, de la belleza y de lo mejor. Juan Ramón veía en la muerte la plenitud de la vida.

La rima del poema es sencilla, (asonante en –áo- en todos sus versos). Su retórica, inexistente. La sencillez de estos versos, lejos de convertirlos en “simples”, son la razón de su profundidad y de su belleza.

Andando, andando.
Que quiero oír cada grano
de la arena que voy pisando.
Andando, andando;
Dejad atrás los caballos,
que yo quiero llegar tardando
- andando, andando-,
dar mi alma a cada grano
de la tierra que voy pisando.
Andando, andando.
¡Qué dulce entrada en mi campo,
noche inmensa que vas bajando!
Andando, andando.
Mi corazón ya es remanso;
ya soy lo que me está esperando
-andando, andando -
y mi pie parece, cálido,
que me va el corazón besando.
Andando, andando;
¡Que quiero ver el llanto
del camino que voy cantando!